Recuerdo cuando hace tiempo...

Donde fui en mi ciudad,
no existe nieve ni frío,
pero si una calurosa muerte.

Lo ridículo y espantoso,
como necedad,
se asustaban ante
lo irrelevante y grotesco.

En mi ciudad no hay nieve
ni frío, pero si crisantemos
que derretidos por la calidez,
se entregan a la muerte
cantando un zarabanda
de niñez, sin suerte.