Lo que de verdad quiero es que mi voz secundaria sea una aliada.

El amor es un talento poco desarrollado.

En medio de los pálpitos de la nieve, una telaraña

arde en un rincón que nadie mira.


La muerte está presente, siempre.

Corazón de martinete seco.

Alma que no alcanza la dicha…

hoy mi deseo es arrancarme las costras

de las heridas que me hice cuando era niño…

es ahora el momento de llenar de sangre

todos mis pactos.


El amor es un talento que no se intenta.

El amor es un talento de los hacedores.


Ahora quiero que todos las danzas del mundo

huyan despavoridas,

hacia la devastación de un un universo

que no tiene cuadros en sus paredes.

De cuando bebía en la madrugada con ese dios feo y maldito.

 Trabajo mi voz, cada vez menos limpia, 

con todo lo que puede romper el verbo.

Aguas amargas, desesperación de un viernes noche.

cerveza caliente con cubitos de hielo, en una madrugada

aciaga.


Ahora que suenan tambores de estío,

es cuando saco mis armas:

Mi muerte es mi aliada, 

mi vida en contra,

mis soldados de arena 

imaginados bajo un paraguas estrangulado

bajo un día que ha quedado en un viaje sin llanto.


Seguidme... es el momento de perderlo todo

mientras miramos como el sol se hunde en el horizonte

como una moneda de valor caducado.

Mismo perro collar distinto.

 Me sentaba al borde de la cama

en las largas noches de verano

en las que el calor hacía que mi sueño

sudara hasta los huesos del tiempo.

Me preguntaba, ya entonces, qué sería

de lo que no iba a hacer en el futuro de una vida

que me superaba en todo momento.

Era extraño sentirme ilusionado por vivir

al tiempo que deseoso de olvidar por no experimentar.

Caminaba por las calles volviendo a casa 

y escuchaba a los adoquines que me nombraban en medio

de la soledad que sentía, a cada paso.

Solo, estaba solo, era un solo. 

Un solitario que no quería tener nada más que lo que no tenía.

Mi canción era la meada en las esquinas, mi canción era escuchar

lo que me invadía en medio de aquél todo, colmado de esquinas

que gritaban al verme pasar. 

Creía por aquel entonces en los milagros sobre la vida.

Miraba por la ventaba de mi habitación mientras un barrio entero

roncaba tercas y sucias melodías.

No ha cambiado mucho la historia.

Solo que la cuento de otra manera,

y en horas distintas.

Redención tras la anagnórisis al revivir el olvido creado.

 He huido de mí.

Me arranco las raíces

para descabalar lo creado.

No tengo más que dos treces

en mi calendario.

Mis días, son los dardos

que no aciertan la mosca

de lo que yo mismo he creado.