Percibo el porvenir
como un hombre anciano
que mira, aún con ilusión,
un atardecer a punto de morir.
En favor de la locura y para no caer en rutinas de asedio apático.
Percibo el porvenir
como un hombre anciano
que mira, aún con ilusión,
un atardecer a punto de morir.
Bajé hasta el final de la calle
seguí la luz amarilla de los neones.
Todo seguía igual.
Los adoquines avejentados
por las rodaduras de los coches.
Las persianas de los negocios
grises y oxidadas.
Todo estaba igual
menos mi ilusión,
que decrecía mirando esperanzas
de una vida confusa,
por el caos de sus propias decisiones.
No hay más viejos tiempos que los nuevos.
El tiempo es una broma del futuro,
una engaño del futuro.
Ahora todos reímos,
y seguirán riendo
cuando el futuro y la muerte
desencadenen su estrategia
de tiempo y sean quienes
rían al final mejor que nadie.
Darán breve espacio a quien se queda
que agarrará la mano de alguien
que también morirá
y el tiempo se ría a carcajadas
bajo el tumulto sedoso de un manto
que desconoce.
Y si no ríes
construye un castillo de arena
espera que el tiempo haga su trabajo,
si sigue tras años habrá vencido,
si cae habrá perdido... no tú, el castillo.
Tú seguirás ahí creando, en el aire
que no tocas, ese mundo que no necesitas
y te enloquece por capítulos,
cada vez más vinculados a la locura.
No había pan, ni tomate.
La pequeña diabla,
una cachorra rescatada,
había roto mil cosas.
Yo estaba a punto de explotar
porque había destrozado mi Tablet.
Ella retozaba feliz sin saber el daño
que había hecho...
Reflexioné antes de reñirle...
Tengo familia, tengo libros,
tengo amor, tengo risas...
Entonces olvidé el destrozo,
reí con ella...
No tenía pan, ni tomate...
improvisé cualquier cosa
para seguir con la vida de un estúpido
que se enfada por no tener lo que los demás
desean y no pueden...
Tiré la Tablet a la basura... y con ella
lo que sobra.
Tengo un bicho dentro de mí.
Me come, me corroe, me saja,
me abre las carnes, me las muerde.
Llámalo odio, llámalo rabia, llámalo ira
Yo lo llamo pena, tristeza, melancolía.
Hace conmigo lo que quiere, me utiliza...
me manipula.
Yo no lucho, ni peleo a la contra.
Me insulta, me agravia, me arrastra.
Tengo un bicho dentro que me ha declarado
la guerra. Me dispara, me acuchilla, me pega.
Y yo, tan solo, como el cobarde que soy
solo quiero hacer con él algo de belleza,
y ni eso me deja porque no depende de mi visión
sino de quien lo mira... y mientras,
el bicho, sigue en esa guerra contra mis tripas.
Me insulta.
Me Pega.
Me saja.
Y solo quiero crear, con eso, algo de belleza.
Cierro el login y me niego el acceso.
Todo está en silencio y nadie mira dentro
de tu pecho.
Cuando cambiar de tema es huir de un espejo reflexivo
y adentrarte en la selva del ego. Del yo. De lo podrido.
Ahora las letras están solas. Vomitan ruidos.
Van al bar de la esquina a juntarse con otras
pero no encuentran sentido.
De cuando en cuando juego con el tiempo.
Parece que fue mañana cuando me besabas sin tocar.
Rompo el pecho como un vaso de plástico.
Nunca se sabe el alcance de lo que está por venir,
porvenir, pasado y futuro, todo en una carpeta
que escondemos llena de pegatinas y cartón roído.
Nuestras almas descalzas caminan a solas sobre fuego...
Aún recuerdo jugar contigo
en aquellas mañanas a solas
mientras el sol acariciaba el suelo
en ese invierno en el cual llegaste.
Siempre fuimos un equipo,
incluso antes de tu llegada
ya participábamos
en juegos en las noches
en las que escribía poemas raros.
La vida ha sido justa contigo.
Has viajado, te has bañado en mares grandes,
en aguas pequeñas, en ríos escandalosos
y comido todo lo que pudiste.
La vida te trató bien.
Lo que fue injusto fue la llegada
de tu muerte.
Esa mierda de muerte advenediza.
Recordaré para siempre nuestro último
paseo, nuestra última mirada...
Recordaré siempre la última vez que montaste en coche
justo antes de tu muerte.
Fuiste generosa al extremo...
tan generosa que una vez te habías ido
no pude evitar volver corriendo a besarte en tu cabecita
pequeña y negra... en aquel hocico tan canoso
como mi barba...
Y al despegar mi cara tras el beso..
toda tu espalda me contestó
erizando el pelo de tu lomo...
Sé que nos dabas las gracias...
Eres generosa hasta después de muerta.
Lo sé, pierdes a quien quieres y es una mierda.
Pierdes la ilusión y es una mierda,
Te decepcionan y es una mierda...
porque la vida es una mierda
pero basta tener un pequeño
momento como los que nos diste...
y entonces solo entonces
arden todas oscuras muertes
con el fuego avivado de la esperanza.
Miro al frente y pienso
que todo está pro crear.
Las decisiones buenas,
los buenos augurios,
las esperanzas,
los apegos sin ansiedad...
hasta los hombre buenos.
Si miro a cualquier lado
siento vergüenza de mi mismo
creo que quizá las horas malas
no están por llegar,
sino que están aquí,
sentadas en el mismo
sofá en el que mi ansiedad
y mi nostalgia
cuecen a fuego lento mis
angustias.
Esas angustias que en forma de voces
no cesan de hablarme
para que todo lo malo
del mundo pueda
calmarlo con un poco de saliva
tragada, y una sonrisa dibujada
en la piedra del camino.
Últimamente la raza humana
sujeta mucho el corazón en volandas
en puesto de llevarlo dentro y compartirlo.
A cualquier lado que miro, no veo nada bueno
por eso como en la canción,
llevo siempre una tiza para dibujar un corazón
con una sonrisa a esa extraña sensación
que llamamos esperanza.
Voy cayendo
rodando silencio abajo.
Amo la soledad del ostracismo,
esa que me engrandece
por mantenerme apartado
de los gilipollas de la calle,
que te miran por encima
de un hombro al que ni ellos mismos
llegan.
Me amo en esta soledad, de las personas
que me aman sin miramientos.
Mi sexo,
como el faro de La Jument
aguanta estoico sus olas saladas.
Embiste su escualeno
contra mis horas más solitarias
y encuentro todos los besos
que he ido perdiendo en mi vida,
entre sus muslos de tersa piedra
griega.
Podría ser,
que todo lo conjeturado
por todo el mundo,
flote en esa extraña cinta
que rodea el mundo
y que todas las personas
cojan la misma conjetura
y la exploten conjuntamente
unificando no lo que se conjetura
sino lo que se imagina como
el gran deseo.
Todas las personas
deseamos lo mismo
aunque lo queremos de manera distinta.
No acabar en la soledad más dura;
no ser alguien despreciado,
no ser alguien sucio,
no ser alguien...
El efecto gente es dañino
aunque si lo trasformas en un fondo
sin forma definida, adaptable,
formas parte de la trasparencia
que se adhiere a la piel de ese horizonte
llamado universo.
Recogía del suelo
todos los cartones.
Los ponía, cuidadosamente,
sobre su vieja bicicleta
cargada de rayones.
Usaba los cartones y vestía con abrigo
viejo, roído y gris.
Llegaba todas las tardes al Aranzábal
a pedir un café con leche y alguna pieza
del bollería que sobraba de la mañana.
No le importaban los desprecios del barrio de Salamanca.
En sus cartones no escribía para pedir limosna,
escribía pequeñas historias que luego
colgaba por los lugares que pasaba.
Eran un mendigo generoso.
Regalaba poemas y contaba
como el mundo le trataba.
Decía que los insultos
eran como si quisieran regalarte
mierda, solo tenías que rechazarlos.
En las horas muertas del restaurante,
tenía largas charlas con él.
Pedro, sonreía y siempre decía:
Ay, dios. Qué vida esta.
Una vez le dije que se parecía
a Chanquete...
Se echó a reír y a llorar al mismo tiempo.
Con el tiempo desapareció
y nunca más lo volví a ver...
Alguien me contó que perdió a cabeza
porque en un accidente de coche
murió su familia.
Él conducía.
Venían de Nerja, porque sus hijos querían
ver el barco de Verano Azul.
En una mudanza desde Santa Ana a Malasaña
encontré un trozo pequeño de cartón que decía:
La soledad me ha enseñado a recoger la belleza
en medio del infierno.
Firmado por Pedro.
Siempre lo recuerdo,
quizá porque haya algo de él
en mí que aún llamea...
Tal vez esa soledad que ahora compartimos,
y subimos a las redes sociales,
que como barcos a la deriva
buscan la recompensa ajena.
He matado al otro yo.
He rasurado su ego cargado de ira.
Ahora solo estamos tú y yo.
No me falles.
No quiero caer.
... y si caigo
que sea sobre el heno fresco
de la primavera,
esa primavera
en la que llegar
es el verbo de la belleza.
Esa primavera en la que volver
es encontrarte las puertas abiertas,
las ventanas de par en par,
la vereda cargada de flores
que aun esperando la muerte
del otoño,
brillan sonriendo a la noche
porque el rocío las empapa.
He matado mi otro yo,
el que no supo escucharte llorar
mientras el terror se apoderaba del mundo
y lo echaba todo por la borda.
Te lo digo muy en serio:
quiero llover y ya.