Y cuando todo haya pasado, vendrá el humo creado.

Desperdicio el tiempo,
a des-tempo.

Fonambulista cojo,
que desea saber
lo que depara el suelo
en medio de la ilógica oscura.
Retando al alambre,
cable de calambres
por el que caminamos.

Quiero avanzar,
y cuanto más lo hago,
más siento que me voy
deshaciendo,
como el helecho arrancado
que mece el aire disfrazado
de viento.

Vendrá el humo creado
por la decisión de incomunicarse.
con lo vivido.

Esa bomba maltrecha que no explota
esa manera absurda de salvarnos la vida.

En esas tardes en las que me convierto en cocktail de estramonio.

Siempre es tarde
para no rememorar
aquello que acontece
como si nada pasara.

Al anochecer
se abren los lirios
reclamando la muerte
del día.

En mi cocina el aroma
a miscanto
es tan intenso
que hasta las alondras
se acercan al cobijo
natural de su hegemonía.

Ayer pude no ser yo,
como todos los días.

Hoy no quise ser yo;
y mañana, a lo mejor,
me evaporaré hacia el poniente
de una tarde dislocada.

Siempre me ocurre
estar ebrio y solo,
en medio de antros
en los que lo más peligroso
es cuando me muevo hacia alguien.


Recuesto mis daños sobre el lecho del miedo.

Me rebota siempre
un estado absurdo:
inconsciencia.

Lo llevo viviendo
como sueño compartido
en la estratosfera
del pensamiento.

Nunca despierto
en el mismo lugar
sobre el que me acuesto.

Todas las mañanas
tienen un trozo de ligereza,
sobre lo extraño.

El saber no es más
que la belleza
de la curiosidad,
sin lamentos.

No es ahora, es ayer.

Uso, por norma general,
el recuerdo, para salir
del mal presente.

Lo digo y escribo
por todos aquellos
que jactan su futuro,
pensando,
que cualquier pasado
fue mejor.

La nostalgia no salva vidas...
pero ayuda a comprender
lo que nos queda por vivir.

Muerte en miscantos de sangre.

Será Héspero quien despierte
o el sándalo el que llame.
Dulce la puerta de la ira
ofrece su desdén a quien confía;
pues son mieles de tarde,
aquellas que nutren, mientras arden,
la feroz y salvaje celosía,
que sin trama justificada
acaba siendo pasto,
in veritas aquí lo estampo,
de abyección en noche fría.

Sigo siendo blanco sobre negro. Balance de grises en la nostalgia del daño.

Me rompo.

Todo es como una reflexión
sobre la ironía mal tratada.

Huyo de vosotros:
los que padecéis
vuestra mentira
en la casa de los demás.

Lo mío no es poesía.
Me da asco esa palabra
y también huyo
de la palabra poeta.

Es todo tan mecano
de la foto
que prefiero
quedarme vacío,
a ser una interpretación
del culo que sujeta
en la pared
la sangre que ha entrado
con la letra, allá en ese lugar
en el que lo manido,
es influencia.

Conozco el camino,
de la comida deshecha.

De entre todos los racimos me tocó el dos, el be, el segundo, el que llega después del primero. Llegar primero es una utopía para los que observamos sentados, el sol, la luna, la estrella.

A lo largo de las mañanas,
hablan las espaldas
sobre el suelo desconchado.
Dichos que nadie
suelta de tripas hacia afuera.

Viví durante un tiempo
bajo la luz insultante
del medio día, siempre nublado,
arraigado entre mis dedos rotos
como escombros de obra
inacabada.

Ahora que soy una isla,
me aíslo.
Ahora que conozco mi racimo,
elijo ser la uva seca,
la uva amarga,
la uva pasa,
uva exacerbada...
y todo pasa por todo,
como si la existencia
fuese una silla vacía
frente al cristal
de la ventana destrozada.

Siempre digo que mañana
será mi día,
porque los hoy que barajo,
los hoy, digo,
no me gustan ninguno.

Llegar primero no es ganar,
es perder parte del camino
por ir deprisa.

Azúcar negra de mis sueños.

Me gusta hacerme el dolor
porque para amor, ya está ella.

Hablo con las paredes de mi casa,
y ellas también sienten el eco
de mi escena continua.

Yo haré el dolor,
porque el amor en alguna ocasión
también fue astilla clavada
entre mis dedos y mis uñas.

Sigo encerrándome en esas raras
melodías que viven en un pozo ronco.

Y aún rasco falsos premios,
para seguir perdiendo.

Me hago el dolor, a mí mismo,
para recordarme que estar vivo
no es ser un imbécil sonriente.

Ahora que sé que la magia son trucos
y que el polvo es la arena que masticamos
miro hacia atrás y me quedo parado
durante un buen rato.

Nos hacemos el dolor,
ahora que la vida, brevemente,
nos permite ser lo que hemos imaginado
conseguir.

Maldito espejismo,
ese reflejo de nuestra risa,
por las mañanas en el espejo.

Nos hacemos el dolor,
porque para el amor
ya están los demás,
y sobre todo para exigirnos
ser más fuertes,
mas no creernos ser los mejores.

Hagamos el dolor,
que es la mejor de las formas
de saber que existe el amor.
Aunque sea lejos:
donde las montañas sonríen
espantando mirlos.

Ahora que las sombras llaman al timbre, y yo duermo profundamente.

En crudo.
Continúo en esta esquina
del cuadrilátero cambiante.

Miro hacia atrás y discurro,
antes de crecer como un dislocado
que se amordaza,
para evitarse.

Observo, sentado, vacío...
la falda que lleva la muerte
en medio de la calle
por la que paseo.

Echo de menos
mis entusiasmos,
antes de ser un valiente
perdido.

Ya mi voz,
se desgaja.
Ya me suturo
las heridas
con el hilo
de mis soberbias
ante esto que hago,
y no sale por los canales
de lo escrito.

Recuerdo buscar bronca
y pegarle fuerte a mi mismo.

Resucitarme cada noche,
mientras me sacrificaba,
como un perro maltratado,
que recurre a morir,
para descifrar los verbos
que le salvan al ladrarle
a la nada,
mientras soñaba borracho
que la vida cambiaría
por arte de magia.


Recipientes con el tiempo amputado, en el fondo de las verdades.

Llevo desechando
mucho tiempo,
la algarabía
inexacta de mis planes.

Parece que voy creciendo
sin cáscara,
y la piel inhibe
es un traje de héroe
hirsuto y vacío
de la movilidad
que excita
la provocación
de la vida,
ante la nada
de la muerte, que arrenda
la vida en parcelas
acabadas con beneficio
ajeno.

No tenemos nada,
aunque amasemos
pan todos los años
para saciar hambre ajena.

La posesión
en una definición
material,
para ser existentes
y no vitales.

Perdidas de manos en el vicio que me atosiga.

Deseoso tallo nombres
de un mundo que no me presentan.

Sigo siendo el desconocido
que se apoya al final del bar
cuando la noche es un navajazo
contra todo lo bueno.

Aún en los bosques,
mi espíritu se sacia
de las voces que viajan
conmigo.

No he bebido todavía
de la parte mesurada
de la vida.

El vicio son estas letras,
que en la noche
me desnudan
para mostrarme
que soy una completa
nada, colmada de laberintos
que llegan al día
sin final escrito.

Desaforado por la semilla que imagina cielos.

Cargo balas de espuma
y disparo contra muros
que aprovechan la sinergia
de los síndromes acaecidos
por confusión de espejos.

En medio de la calzada
hay una vida en forma
de pañuelo blanco
que no llora.

Todos los mañana
corren con el agua,
pero la sequía
me tiene aquí quieto
en medio de lo que deseo
soltar libre,
y no me dejo.

Vamurta desvariadas.

Canta el reloj
sus pasos deshechos.
Nada es seguro
delante del tiempo.

Es el jisei
el canto del cisne
desamparado.

Mañana,
tras el falso silencio
de un mundo fabricado...
Mañana, digo,
abriremos los ojos
para seguir siendo ciegos.

Inimaginable acción de lo prescrito.

Cansado
se arrastra el aire
fracturado.

Busca recovecos
en los que ocultarse.

Pero el mundo
no entiende
cuando el dolor
se cuela por todas partes.

He arrugado miles de papeles,
he encendido cientos de velas,
he reescrito tanto, que lo poemas
me huyen.

Jamás tendré un oficio.
Nunca menos, beneficio.
Es ahora cuando camino
por el valle,
que puedo traducir el idioma
de las aves solitarias.

De cuando en cuando me atraviesa abyecta la muerte de los compromisos.

Me muevo entre varias verdades,
la solución es un acto creativo.

Tengo ahorradas muchas palabras
y he robado muchas imágenes
por el camino.

Podría comprobarme
a mí mismo,
pero trabajo sobre el olvido.

Esta historia me la conozco
es la del refrán roto,
la pierna fracturada,
el salto al vacío.

En la cola del comedor social,
todos hemos sido un mal domingo.