No es ahora, es ayer.

Uso, por norma general,
el recuerdo, para salir
del mal presente.

Lo digo y escribo
por todos aquellos
que jactan su futuro,
pensando,
que cualquier pasado
fue mejor.

La nostalgia no salva vidas...
pero ayuda a comprender
lo que nos queda por vivir.

Muerte en miscantos de sangre.

Será Héspero quien despierte
o el sándalo el que llame.
Dulce la puerta de la ira
ofrece su desdén a quien confía;
pues son mieles de tarde,
aquellas que nutren, mientras arden,
la feroz y salvaje celosía,
que sin trama justificada
acaba siendo pasto,
in veritas aquí lo estampo,
de abyección en noche fría.

Sigo siendo blanco sobre negro. Balance de grises en la nostalgia del daño.

Me rompo.

Todo es como una reflexión
sobre la ironía mal tratada.

Huyo de vosotros:
los que padecéis
vuestra mentira
en la casa de los demás.

Lo mío no es poesía.
Me da asco esa palabra
y también huyo
de la palabra poeta.

Es todo tan mecano
de la foto
que prefiero
quedarme vacío,
a ser una interpretación
del culo que sujeta
en la pared
la sangre que ha entrado
con la letra, allá en ese lugar
en el que lo manido,
es influencia.

Conozco el camino,
de la comida deshecha.

De entre todos los racimos me tocó el dos, el be, el segundo, el que llega después del primero. Llegar primero es una utopía para los que observamos sentados, el sol, la luna, la estrella.

A lo largo de las mañanas,
hablan las espaldas
sobre el suelo desconchado.
Dichos que nadie
suelta de tripas hacia afuera.

Viví durante un tiempo
bajo la luz insultante
del medio día, siempre nublado,
arraigado entre mis dedos rotos
como escombros de obra
inacabada.

Ahora que soy una isla,
me aíslo.
Ahora que conozco mi racimo,
elijo ser la uva seca,
la uva amarga,
la uva pasa,
uva exacerbada...
y todo pasa por todo,
como si la existencia
fuese una silla vacía
frente al cristal
de la ventana destrozada.

Siempre digo que mañana
será mi día,
porque los hoy que barajo,
los hoy, digo,
no me gustan ninguno.

Llegar primero no es ganar,
es perder parte del camino
por ir deprisa.