Madrugando en mi estomago

Intenta fabricar una calle,
llénala de bares,
y de gente.

Luego olvídala,
no le hagas caso.

Gritará y será revolución,
es el conjunto de la unidad,
lo dijo Aristoteles,
Descartes se fijó en el hombre
abandonando la creencia
creada por el hombre.

Ahora hazlo,
súmate en tu propia
rabia y cura lo que luchas
por cambiar en tu enemigo,
ese que a veces ves,
cuando miras a otros
viéndote reflejado.

Teoría de la evolución económica, en un hombre que mira la vida, con la cabeza entre sus propias piernas.

Descreciendo,
in-madurando,
restando años
mientras los cumplo.

Volver a subir al árbol
para recuperar el verde;
olvidar el marrón, el amarillento
cetrino de la podredumbre,
que trasforma la pulpa
en un gusano con forma de dinero.

Camino a la niñez,
cuanto más viejo
me hace el tiempo,
es la manera innata
de rebelión del hombre,
un gran remedio
contra la opresión,
volver a jugar en la tierra
ahora que no tengo techo.

Jugar entre cajas de cartón,
construirme baterías con los tambores
de detergente,
y cansado de ir tras las bolsas
que en el parque, el viento elevaba,
sentarme a respirar y mascar chicle:
mirando a mi madre.

Descascarillando, apartando cortezas y óxidos

Se caen las piedras,
desprendidas sin compasión
de la montaña de mis emociones.

Lloro, siempre lloro.
Un llorica desde el colegio.

Se caen las piedras,
esas que tiraban a mi espalda
en mi niñez, por ser raro.

Se caen, y con ellas el muro
de la fortaleza en la fachada.

Soy de carne, y agua;
es por lo que me dejo
inundar por lo que me rodea,
es por lo que a veces
soy un huraño esquivo,
no quiero volver a ser
el lobo perseguido.

Quiero leer solo,
en lo alto de ese todo;
que representa su inconsciencia.

En medio de un bosque de almendros.

Palpita su nombre
entre mis piernas,
es un hueso duro de roer,
una viga de acero,
un árbol centenario.

Es el rigor mortis
que desea enterrarse
en esa delgada linea,
que favorece nuestro
horizonte.

Bolígrafos secos, imagenes desnudas

Tan inútil
como el bolsillo de mi camisa,
se me esboza esa estúpida
sonrisa.

Le nace sangre en la espalda
y se derrama mientras habla.

Agita como un aerosol,
sus manos antes de acariciarte,
concentra toda su vida,
la exprime por las mañanas 
desparramándose en besos.

Llora y no gime, 
no se lamenta, tan sólo lucha.

Vapulea a la vida con su risa,
consiguiendo dar forma, y contenido:

Al bolsillo de mi camisa.



Mirando su piel, mientras imagino que estoy en la playa. (Poemas ineditos de Charlotte White a Jaqueline Kennedy)

¿Qué haremos cuando las nubes no tengan formas?
¿Cuándo la arena del mar ya no tenga alas?
¿Cuándo los bares sean cementerios de palabras?
¿Cuándo pasear se convierta en un monótono estado del estar y no del ser?
¿Qué haremos?

y si fabricamos música con todo...
componemos una sinfonía; sinfonía de la duda.

Para escucharla cuando no tengamos
respuestas, a lo mejor; quizá y sólo quizá...
valdrá la pena haber hecho todo esto
antes de soñar por siempre,
que la verdad, cuanto menos ornato,
más nos desnuda ante la muerte,
y eso, querida, eso es la libertad.

Expediente de facto.

Jazmines ensangrentados,
el bosque pleno de bambú,
camino a solas
con el vicio escondido.

Amarillo fluorescente, calendulas en la noche.

Ya no hay lleno,
todo está vacío,
ten presente,
que robaste anoche
el elixir de mi vida,
por eso ahora
envejecer contigo
es un hecho inexorable.

Erase un lugar extraño y una uña rota.

En medio de todo,
hay una soledad sin nombre.

Inocencia por vivir,
sangre de tu adjetivo
que se derrama por mis dedos.

El abrigo del árbol
es la sombra que proyecta.

No recuerdo nada de lo que no he vivido,
pero me llegan sus vientos y me trastocan.

Existe una claridad que lava los días.

Miro al cielo y doy forma a las nubes,
es un juego que mantengo desde niño.

Hubo un intermedio.

Ahora sigo, gatos, montañas y demás dibujos
en el cielo.

Es ahora, es ahora; justo ahora,
que disfruto más que nunca
de mi niñez.

Cuanto más tiempo pase, más niño soy,
soy el adulto inmaduro, el canalla del cuento.

Desde la noche

Es la cuchara en el vaso,
tintinienando mientras limpia
la pintura del pincel.

Es el desayuno de las siete de la mañana.

Es el cuadro de Mompó.

Es el gato negro encima de las estanterías.

Es la tetera desprendiendo luz.

Es el café quita-sueño de después del desayuno.

Es la duda de no llegar a nada sin desordenar el caos.

Es el fucsia.
Es el verde.
Es el azul.
Es el amarillo.

Es el beso en la cocina a escondidas.

Es el cargador del móvil

Es el negativo en las cuentas del banco.

Es el verbo ser, que pasa a estar con una mirada.

Son muchas las razones por las que nos despertamos
por la mañana con ruido y esperanza.

Marinero de charco, viajero en el destino

Tropecé en mi charco
y me ensucié.
Salpicó sobre mi
mi propia memoria.

Asediado por mi yo profundo
navegué, sin viento,
por el barro formando,
al verme reflejado en mi inconsciencia.

Tropecé en mi charco y me reconocí,
los hombres hacemos cosas tontas,
somos aprendices de nuestros errores,
creces en los pasos, aprendes en los tropiezos,

Me reconocí en las gotas salpicadas de mi charco,
solo era barro que pude limpiar llorando.


Esperanza negra.

Levanta el oscuro vuelo,
el sueño que adormece
entre mis miedos.

Es hora de caminar sin piedras
en los bolsillos.

La tarde está soleada,
los bares abiertos,
la gente preparada...
es hora de abrir ventanas,
cuando todas las puertas
te las cierran.

Mis muertos, ya pasados,
velan por la esperanza
de mi vida.

Saliendo de la jaula, evitaba los disparos.

Siempre tenía la sensación
de llevar un hilo imaginario
en mis manos,
hacía formas y acariciaba
el aire con ellos, el hilo
era mi cordón umbilical
con otro mundo.

Tampoco pisaba las rayas
de los adoquines del suelo,
suponía caer al abismo.

Me retrasaba del grupo,
miraba los arboles,
jugaba a que me seguían,
me deslizaba entre la gente.

En mi barrio, siempre me tocaba
la piedra en la mano contraria.

Me gustaba estar debajo de la cama,
había creado una tribu ficticia y yo era
el jefe.

Tenía un perro imaginario,
que lo soltaba por las calles
y lo buscaba;
me buscaba y me perseguía
silvando y llorando
a algo que solo existía
en mi imaginación,
era solitario y risueño,
tenía la ilusión,
del tamaño de un perro,
aún la busco a veces,
sólo, cuando se escapa
de mi cabeza el perro
de mi inconsciencia.