Vendiendo finales alegres, reconociendo principios abismales.

Hay un poco de tristeza
en mi corazón,
sale cuando menos lo espero,
y salpica a todo el mundo,
como cuando pisas un charco,
mientras juegas
a los nueve años,
después de una lluvia
intensa
y
un castigo después de clase.

Parece que no existe
si lo miras con lupa
en tu mano,
pero escuece con la soledad
de los que me rodean,
cuando no me miran
mientras salto en el charco
asqueroso de barro.

Ese charco que pisan
los coches, con su paso
caballerizo de trote inquisidor.

Soy el enano saltarin
y todos sabían como me llamo,
antes de acabar el cuento.