Hambruna y ayuno, amor y tortura.

No quiero esta noche
hacer nada contigo,
no deseo para que
no digas, que te engaño,
que mis palabras tienen
ese extraño poder de mentira,
no quiero follarte,
ni besar tu cuello
de esfinge, ni ese extraño
cordel de deseo
al que llamas ojos
que cuando me miran...
me ahorco.

Solo hablarte de lo que soy
cuando ya no estás, en estas
madrigueras por las que ya,
no sale ni muerte, ni vida
ni deseo ni tortura.

Deja tan solo
que baje las escaleras,
que visite la papelería,
que compre una pluma,
para que en tu espalda
escriba ese encuentro
de cebra y leona,
ese devorar de hiena,
ese arrancancarte a picotazos
los trozos de luna llena
que tu cuerpo luce en la cama,
a la vez que el mío,
en su propia esencia,
llora y se infusiona
para que huyas
por los poros del cuero,
de la piel usada y escupida...

Deja, aparta, quita, yo mando.
Yo mando; tú: sumisa...
pero sabes que si abres tu mano:
cómo de ella para comerte entera.