En el techo de una granja, lugar deshabitado de arácnidos, fluye a ocho patas el pensamiento humano.

Todo pasa de ser
a estar.

Es una especulación
perteneciente al panteísmo.

Una rareza de lo sutil,
que es sublime.

Algo que no es,
pero se trasforma
en lo que nunca sería
sin nada que lo sustente.

Como la nombradía
huida de la evicción,
que ignora la eternidad
de su conclusión.