Meando desde lo alto del trampolín.

Convencerme de mi mismo.

Asediarme en la extensa egolatría
de mi descontento.

Esperar a que todo pase,
sentado en el sofá, mirando por la ventana.

Escuchar el timbre de la puerta,
el silbar de la cafetera,
el celofán de las galletas.

En definitiva ver como arde
mi deseo en arena.

Sentir que una piedra late
dentro de mi pecho,
y mientras ella come biscotes,
sobarle las tetas desde atrás,
pellizcar sus pezones,
mordisquear su cuello,
su oreja,
ahondar mi lengua en su oído
como si fuera un pene mojado.

Entender la vida es difícil,
lo fácil es olvidar vivirla,
abandonarte,
convencerme de no morir en cada sonido,
bautizarlos como ruidos,
enjaularme, tirar la piedra
al asfalto y bañar de sangre
el subsuelo.

Llover sobre todo,
diminutas gotas de protoplasma
ebrio de vino.


¡Ciudadano del mundo!
qué fácil expresión
para los que no detienen
el siglo y sufren en segundos.

No recuerdas ni como te llamas,
mientras ardes en esta vida,
rodeado de nombres.