Muerte al verso.

Quiero matar 
mi poesía.

Asesinarla.

Cogerla por sorpresa
en un callejón 
a oscuras...
y rajarle el cuello
con una hoja
llena de faltas.

Deseo que mi poesía
se suicide,
tome mil pastillas
y duerma,
que deje esta 
vida de pesadilla
y se entregue
en el sueño
al voraz olvido.

Quiero que muera 
en medio de esta urbe,
mientras los coches
se saltan los semáforos
en rojo,
y
los abuelos, piensan 
en los amigos de los nietos,
para masturbar su tiempo
imaginándose niños de nuevo.

Ojala muera para siempre
y no despierte a mi corazón,
pájaro muerto que vive en mi pecho,
cárcel de hueso en mi cuerpo,
cuerpo de trapo con alma de perro.

Morirá sabiendo
que la muerte no es más
que el paso para soñar
al mundo abierto,

alma
y
pájaro muerto,
ecos de sus graznidos
que retumban
en mi,
bombeando sangre
con forma
de silencio...

Silencio
que oculta
un consabido
secreto.

Secreto 
que nadie cuenta
por que es
un callado
sufrimiento.