El alma como el whisky.
La sangre vino añejo,
que sabe demasiado.
Meo cerveza
e imgino que el cariño
es un cartel de fiestas
de hace cincuenta años.
En favor de la locura y para no caer en rutinas de asedio apático.
El alma como el whisky.
La sangre vino añejo,
que sabe demasiado.
Meo cerveza
e imgino que el cariño
es un cartel de fiestas
de hace cincuenta años.
Reclamo mi desastre
como movimiento único
de la política de mis noches.
Tenerlo todo desordenado,
que esté todo revuelto,
tenerte siempre patas arriba.
Cabeza,
sentimientos,
y sexo.
Reservo
todo este revuelo
para tropezar
siempre contra el suelo;
lo que siempre vi cabizbajo...
ahora es mi cielo.
Heurístico
observo ebrio
y solo,
la hilaridad
que nos reserva
un sentimiento
que se abre paso,
sin respetar,
al dolor que causa
tomar verdad
de los sueños incumplidos.
Arrancarte los ojos
es como saltar
a la comba
después de un sándwich
de Nocilla.
Tomar partido
de lo aprendido
no es lanzarte al vacío,
es una pedrada que te lanzas
al futuro.
Un corte de digestión
mientras digieres
la tortilla francesa
de huevo podrido.
Me arrastro
al lugar más recóndito
de la miseria.
Bebo allí
en bol
el jugo de las bilis
que la vida exprime.
Me agencio
la venta de los
torpes suicidas,
descubro que todo
dulce es el chocolate
de la muerte
para entrar despacio
en la agonía.
Sangre desmedida,
sin herida abierta,
corre por todo
mi cuerpo
al ver tu raja abierta.
Como los siux
pinto mi cara
con tu sangre
saltando cualquier regla.
Mil batallas de esta guerra,
ganemos alguna.
Que poco me gusta
como tan despacio
pasa el tiempo.
La muerte vive
en un segundo,
y puerta con puerta
comparte agobio
conmigo.
Tres pisos más arriba
el rellano inimaginable;
una resolución adscrita
al desorden de los planetas.