Corazón eremita que engulle humores negros.

Adscrito a lo ininteligible.

Mato a suicidios cualquier error
de la muerte.

Las decisiones corren en pavor de la verdad.

La existencia del mañana,
es un barbecho a la duda
no resuelta antes acabar
el día con los ojos cerrados,
y el corazón indomesticable
por  el inconsciente del sueño dormido.
Por la verosimilitud, ante la decisión inicua,
que nos auto-fabricamos por miedo.

Nada como nada; para que nada parezca nada. Así es como algo.

Me condenan a eso.
A lo que nunca ocurre.
A eso que pasa, y no sucede.

Chirrían mi nombre las esquinas
por las que derramo
mi posibilidad escasa
de planetario imberbe.

No me creo nada.
Nadie me cuenta lo que pasa,
solo escucho lo ocurrido
en medio de los barrios
por los que apuesto a perder
al gallo peleón que ha estado bebiendo.

Sigo bebiendo como siempre
hago.
Está a punto de parir, lo que comencé
hace años,
un imaginario relleno de muerte
que habla podredumbres
cuando mira atrás sin música,
y con un espejo roto
en el proyecto hombre.

Mientras imagino algunas cosas, una guitarra me mira desde la esquina.

Ahora que acaricio nostalgias
y vomito.
Ahora todo me parece bonito.

Sueño con globos al aire,
vacío de oxígeno.

Todos mis misterios
son pasados.
De ayer.
Duros como el pan
que no consumo.

Tengo tanta negrura
ante mi espejo,
que me dejo barba
para no adivinar lo que piensa
mi cara.

Me hacen falta muchas cosas
para nada.

Reclamo el ruido,
extinto de belleza.
Reclamo lo rudo
colmado y sin belleza.

Todos los besos
del mundo van llenos
de hambre.

Por eso no quiero más
que: que todo desaparezca
al fruncir el mundo su lejana
capa hastiada sin corteza.

Quise incendiarme mientras ardía.

Mi iniciativa no es cambiar nada.
Es completar lo absoluto
con idiosincrasias relativas
al entorno de lo palpable.

Prever el fracaso,
como un nombre propio
de mis actos.

Centrar el egoísmo
en un objetivo constante
de insumisión
ante el caos breve,
ante la pasividad perpetua.

Llegar sin moverme,
encontrar la búsqueda
porque llega a mi
como un regalo despistado
del universo absorto.

Realidades ante la desgracia,
que siguen parapetando
espejos rotos.

No quiero nada,
deseo todo.

Vistiendo mis luces con filtros de café usado.

Tengo tanta agua
en los remiendos de mi ropa
que están en sequía
los astros que me rodean.

La melancolía
abruma mis nubes,
nublando mis días grises.

Hay escarchas que no han salido
de mi pelo, llevan años ahí.
Hay pájaros que vuelan por encima
de mis temores, convirtiendo en sueños
todos mis miedos.

Tengo pesadillas hasta cuando camino.

Maldito mundo incierto.
El futuro es una canica rota
en medio de un hexágono incompleto.

Patrones cosidos en la ropa. Parches de pegamento con cola y chapa.

Hablo, con duda,
hacia arriba.

Esas voces altas
de más de tres metros.

Como los techos
antiguos de las casas.

Hablo y no me llega nada.
Hablo porque desde siempre
me vienen encima,
las postulantes desidias
de aquello que me hablaban;
eso que adoras por grandeza
y no encuentras, al descubrir,
nada de nada.

Todo es una fábula.
La enseñanza de lo atávico
siempre nos llega,
cuando la confusión nos arde
delante de la cara.

Ahora y aquí,
hago lo que me da la gana...
o no...
o pienso que imagino
cuando en realidad
es una creencia desmesurada.

Titilo al tiritar lo que me atosiga como pena.

Suspende la muerte
dejando que mueran en sus ramas
el joven verde
transformado ahora
en un marrón
sobrepasado de opiaceos.

Es lo salvajemente bello
el estertor del superviviente,
la cuchilla que me saja
con la compasión exacta
del amor que tienes
por cincuenta euros.

Suspende la muerte,
y la vida reprueba
a la vez que todos
lloramos en primavera:

(La única mujer que en medio de lo machista revive, crea, me besa los labios dejándome su polen amarillo, mientras la acaricio con la mano)

Viaje a un estado continuo de dulce engaño.

Con las alas cargadas
de sal inerte.

Abro al horizonte
mi mente sazonada.

Vinimos a ver como
las salamandras
sacuden sus colas
al huir del amargo elemento.

Me parece que fue ayer,
o el otro día
que cambié de parecer
y ahora tengo el alma perdida.

Voy necesitando aterrizar
para tragar tierra como primer
plato.

No hay mejor medicina
que la realidad,
para seguir alzando el vuelo.

Sopa sosa en plato amorfo.

Y las estaciones son tan cortas como los besos al borde de las vías; por eso siempre me pilla nevando en verano y llorando en primavera. Quizá a lo que más miedo le tenga sea a noviembre y sus inmortales soldados cargados de pólvora contra mi felicidad. Todo me ocurrió a los trece años, el año que no cumplí nada de lo que había aprendido. Miraba por los cristales de unas gafas de niño que se debatía en ser el más malo de la clase, pero era una máscara para que nadie se percatara de que era él la presa asustada de una vida que miraba como un precipicio que masacraba mi pecho con golpes de martillo matemático.

Podría haberme traído un soplo de aire donde duermen mis ojos abandonados de un cuerpo que le cuesta volar. Pero preferí quedarme quieto y llorar en primavera.

Después y como siempre me hacía el fuerte, pero era un cobarde que escribía pequeñas notas en trozos de papel que me encontraba tirados por cualquier parte. En mi habitación todo eran trozos de papel rotos escritos y pegados por todas partes, en mi mesilla de noche guardaba más papeles con cosas escritas, pero siempre en trozos de papel rotos amorfos, sin sentido, como lo que escribía en ellos. También tenía en los cajones de mi escritorio carpetas de cartón azul y dentro más papeles con escritos insulsos, insulsos como la sopa sosa. Debajo de la cama y dentro de los zapatos guardaba más y más papeles amorfos con escritos sosos y sin sabor a nada.

Recuerdo luego seguir escribiendo en servilletas en los bares, y en estaciones de trenes, y en los trenes que he viajado, en la cafetería, también escribía. Lo hacía porque me costaba hablar. No me gustaba hablar, de hecho no me gusta hablar. Hablo para no morir en el intento.

Sigo guardando trozos de papel escritos como platos sin forma y sopas sosas. Aún están guardados todos aquellos papeles escritos en un trastero, hasta que hoy los he sacado y construido esto que es como un hombre a trozos que se sigue mareando cuando escribe, que se cansa cuando habla y que se le llena el corazón de agujetas cuando escucha todo lo de afuera.

Podría haberme traído un soplo de aire donde duermen mis ojos abandonados de un cuerpo que le cuesta volar. Pero preferí quedarme quieto y llorar en primavera.

Una composición dedicada a lo que me viene cuando reflexiono por creer que me he equivocado.

Acucio lo innegable
como si viniera hacia mi
el que se adelanta
a la huida de lo que no conoce.

Los páramos secos del conocimiento
se amontonan justo en conversaciones
en las que se dislocan las mentiras;
genialidades de un invento sin análisis.

Realidades sometidas a la estupidez,
perseverancias sin conclusiones
en ninguna de sus premisas.

Los silogismos cocidos
en la boca,
son los escupitajos
de un pensamiento
en silla de ruedas pinchadas.

Habré de romperme
las uñas bajo lo negado,
para salir al aire
como un destino imaginario.

Como si quisiera hacer de nuevo
todo aquello en lo que al errarlo,
me mostró la pátina de un tiempo
lleno de una insidia desbaratada,
una imaginería sin santos.

Largo pasillo de una casa sin salida.

Todas las puertas
tienen cerraduras.

Todas las ventanas
también.

La flor posee
su propia trampa.

El juego
siempre es peligroso.

Advenedizo,
me deslizo
por estambres
de voces a dos bandas.

La muerte
es un saco
de concertina.

Las puertas,
tienen cerraduras.

Las ventanas,
tienen cortinas.

La opinión se infecta,
la política ya no es del que opina,
ni la filosofía del que piensa,
ni la poética del que se masturba
mientras imagina a su vecina.
La trampa de la flor,
sigue siendo su aroma.

Desde el otro lado escucho el rugido de la espuma.

Si encuentro mi cabeza
la llevaré como un haro
por las calles empedradas
cuesta abajo.

Hay cal amarillenta
en todos los vuelos
que emprende
el mundo.

Los lobos emiten
su aroma territorial,
aún quedan bosques
por los que morder
al viento indeciso.

Rincones de un amanecer rodeado de nostalgias.

Abundo como si nada,
deshojando muertes
a margaritas pochas.

Asomado a mi balcón
veo el gato del vecino.

Llevo zapatos pequeños,
para la ambición de mis pasos.

Aún espero que llueva algún día
como cuando bebía zumos,
y vigilaba las estrellas.

Trombones ciegos, calles recorridas descalzo.

Desafío a la muerte
desde una vida inerte.

Todos los cajones de mi casa
están llenos de calcetines
repes...

Todas las tazas de café
duermen eternamente
en el frío sueño
del cansancio.

Hay árboles que crecen
en medio de los programas
de mi tele...

Ayer en la panadería
las empanadas estaban duras,
y la muerte... crujiente.

Vivo descompasado
y amando.

Vivo en la entereza
de lo parido,
y en miedo de lo advenedizo.

Todo en mi casa ocurre
entre cuatro paredes,
las mismas que traslado
cuando camino
en medio de la locura,
embarrado en el cieno
de las calles.

Una insistencia que no intenta.

Cavo profundo con la vida misma
en tierra muy mojada. Casi cieno.

El trabajo es mancha entre mis manos
que ya no son blancas.

La vejez va definiendo
esa aspereza de mi personalidad.
Sí, cada vez soy más ermitaño
cada vez crece más ese gruñón
mío.

Ahora voy poco a poco
hacia un agujero negro,
me costará los mismos años
de vida llenar de luz la tierra
baldía.

La eternidad, es una aliada
cuando sabemos
que vivir es lo eviterno
del principio de nuestro
primer llanto.

Vamos desperdiciando
papeles, y disfrutando lamentos.