Vistiendo mis luces con filtros de café usado.

Tengo tanta agua
en los remiendos de mi ropa
que están en sequía
los astros que me rodean.

La melancolía
abruma mis nubes,
nublando mis días grises.

Hay escarchas que no han salido
de mi pelo, llevan años ahí.
Hay pájaros que vuelan por encima
de mis temores, convirtiendo en sueños
todos mis miedos.

Tengo pesadillas hasta cuando camino.

Maldito mundo incierto.
El futuro es una canica rota
en medio de un hexágono incompleto.

Patrones cosidos en la ropa. Parches de pegamento con cola y chapa.

Hablo, con duda,
hacia arriba.

Esas voces altas
de más de tres metros.

Como los techos
antiguos de las casas.

Hablo y no me llega nada.
Hablo porque desde siempre
me vienen encima,
las postulantes desidias
de aquello que me hablaban;
eso que adoras por grandeza
y no encuentras, al descubrir,
nada de nada.

Todo es una fábula.
La enseñanza de lo atávico
siempre nos llega,
cuando la confusión nos arde
delante de la cara.

Ahora y aquí,
hago lo que me da la gana...
o no...
o pienso que imagino
cuando en realidad
es una creencia desmesurada.

Titilo al tiritar lo que me atosiga como pena.

Suspende la muerte
dejando que mueran en sus ramas
el joven verde
transformado ahora
en un marrón
sobrepasado de opiaceos.

Es lo salvajemente bello
el estertor del superviviente,
la cuchilla que me saja
con la compasión exacta
del amor que tienes
por cincuenta euros.

Suspende la muerte,
y la vida reprueba
a la vez que todos
lloramos en primavera:

(La única mujer que en medio de lo machista revive, crea, me besa los labios dejándome su polen amarillo, mientras la acaricio con la mano)

Viaje a un estado continuo de dulce engaño.

Con las alas cargadas
de sal inerte.

Abro al horizonte
mi mente sazonada.

Vinimos a ver como
las salamandras
sacuden sus colas
al huir del amargo elemento.

Me parece que fue ayer,
o el otro día
que cambié de parecer
y ahora tengo el alma perdida.

Voy necesitando aterrizar
para tragar tierra como primer
plato.

No hay mejor medicina
que la realidad,
para seguir alzando el vuelo.

Sopa sosa en plato amorfo.

Y las estaciones son tan cortas como los besos al borde de las vías; por eso siempre me pilla nevando en verano y llorando en primavera. Quizá a lo que más miedo le tenga sea a noviembre y sus inmortales soldados cargados de pólvora contra mi felicidad. Todo me ocurrió a los trece años, el año que no cumplí nada de lo que había aprendido. Miraba por los cristales de unas gafas de niño que se debatía en ser el más malo de la clase, pero era una máscara para que nadie se percatara de que era él la presa asustada de una vida que miraba como un precipicio que masacraba mi pecho con golpes de martillo matemático.

Podría haberme traído un soplo de aire donde duermen mis ojos abandonados de un cuerpo que le cuesta volar. Pero preferí quedarme quieto y llorar en primavera.

Después y como siempre me hacía el fuerte, pero era un cobarde que escribía pequeñas notas en trozos de papel que me encontraba tirados por cualquier parte. En mi habitación todo eran trozos de papel rotos escritos y pegados por todas partes, en mi mesilla de noche guardaba más papeles con cosas escritas, pero siempre en trozos de papel rotos amorfos, sin sentido, como lo que escribía en ellos. También tenía en los cajones de mi escritorio carpetas de cartón azul y dentro más papeles con escritos insulsos, insulsos como la sopa sosa. Debajo de la cama y dentro de los zapatos guardaba más y más papeles amorfos con escritos sosos y sin sabor a nada.

Recuerdo luego seguir escribiendo en servilletas en los bares, y en estaciones de trenes, y en los trenes que he viajado, en la cafetería, también escribía. Lo hacía porque me costaba hablar. No me gustaba hablar, de hecho no me gusta hablar. Hablo para no morir en el intento.

Sigo guardando trozos de papel escritos como platos sin forma y sopas sosas. Aún están guardados todos aquellos papeles escritos en un trastero, hasta que hoy los he sacado y construido esto que es como un hombre a trozos que se sigue mareando cuando escribe, que se cansa cuando habla y que se le llena el corazón de agujetas cuando escucha todo lo de afuera.

Podría haberme traído un soplo de aire donde duermen mis ojos abandonados de un cuerpo que le cuesta volar. Pero preferí quedarme quieto y llorar en primavera.

Una composición dedicada a lo que me viene cuando reflexiono por creer que me he equivocado.

Acucio lo innegable
como si viniera hacia mi
el que se adelanta
a la huida de lo que no conoce.

Los páramos secos del conocimiento
se amontonan justo en conversaciones
en las que se dislocan las mentiras;
genialidades de un invento sin análisis.

Realidades sometidas a la estupidez,
perseverancias sin conclusiones
en ninguna de sus premisas.

Los silogismos cocidos
en la boca,
son los escupitajos
de un pensamiento
en silla de ruedas pinchadas.

Habré de romperme
las uñas bajo lo negado,
para salir al aire
como un destino imaginario.

Como si quisiera hacer de nuevo
todo aquello en lo que al errarlo,
me mostró la pátina de un tiempo
lleno de una insidia desbaratada,
una imaginería sin santos.

Largo pasillo de una casa sin salida.

Todas las puertas
tienen cerraduras.

Todas las ventanas
también.

La flor posee
su propia trampa.

El juego
siempre es peligroso.

Advenedizo,
me deslizo
por estambres
de voces a dos bandas.

La muerte
es un saco
de concertina.

Las puertas,
tienen cerraduras.

Las ventanas,
tienen cortinas.

La opinión se infecta,
la política ya no es del que opina,
ni la filosofía del que piensa,
ni la poética del que se masturba
mientras imagina a su vecina.
La trampa de la flor,
sigue siendo su aroma.

Desde el otro lado escucho el rugido de la espuma.

Si encuentro mi cabeza
la llevaré como un haro
por las calles empedradas
cuesta abajo.

Hay cal amarillenta
en todos los vuelos
que emprende
el mundo.

Los lobos emiten
su aroma territorial,
aún quedan bosques
por los que morder
al viento indeciso.

Rincones de un amanecer rodeado de nostalgias.

Abundo como si nada,
deshojando muertes
a margaritas pochas.

Asomado a mi balcón
veo el gato del vecino.

Llevo zapatos pequeños,
para la ambición de mis pasos.

Aún espero que llueva algún día
como cuando bebía zumos,
y vigilaba las estrellas.

Trombones ciegos, calles recorridas descalzo.

Desafío a la muerte
desde una vida inerte.

Todos los cajones de mi casa
están llenos de calcetines
repes...

Todas las tazas de café
duermen eternamente
en el frío sueño
del cansancio.

Hay árboles que crecen
en medio de los programas
de mi tele...

Ayer en la panadería
las empanadas estaban duras,
y la muerte... crujiente.

Vivo descompasado
y amando.

Vivo en la entereza
de lo parido,
y en miedo de lo advenedizo.

Todo en mi casa ocurre
entre cuatro paredes,
las mismas que traslado
cuando camino
en medio de la locura,
embarrado en el cieno
de las calles.

Una insistencia que no intenta.

Cavo profundo con la vida misma
en tierra muy mojada. Casi cieno.

El trabajo es mancha entre mis manos
que ya no son blancas.

La vejez va definiendo
esa aspereza de mi personalidad.
Sí, cada vez soy más ermitaño
cada vez crece más ese gruñón
mío.

Ahora voy poco a poco
hacia un agujero negro,
me costará los mismos años
de vida llenar de luz la tierra
baldía.

La eternidad, es una aliada
cuando sabemos
que vivir es lo eviterno
del principio de nuestro
primer llanto.

Vamos desperdiciando
papeles, y disfrutando lamentos.

Kagami no ma

Bajo el pilar donde fijas la mirada,
hay un pequeño diente de león
que inicia tímido, con el viento,
su vuelo diminuto y escaso de otoño.

El albur lo lleva al soplo
de un púber,
que bajo el silencio
trovará el sueño,
urdido bajo el breve
temblor de su pecho.

Su viaje exiguo,
silencioso,
y conciso;
es como la vida
de la mosca,
como la intención
de la libélula.

Nunca algo tan simple,
tan delicado,
llevó en su carga
un sable tan certero.

En medio de pasos que no cuento van ocurriendo los cataclismos pactados.

Disgregado.
No encuentro la manera,
ni el tiempo,
ni el ritmo.

Me agrego
sin sustancia
y me contamino.

No hay nada
cerca de mi
que pueda
hacer lo más mínimo
cuando me hago
el vencido
mintiéndome
sobre las cosas
que construyo
en mi mismo.

Limitando el tiempo de una causa sin raíz viva.

Acabo con todo lo que me desea.
Lo que me ama, me pone en un centro
malogrado de espiga sin empaque.

Podría ser cualquier argumento
que no tiene nada que ver conmigo;
mas se me llenan las manos
de perdiciones en las que muero
y me miro como en un reflejo que no tengo.

Es una cuestión inimaginable
desconocer el beso que nos damos
cuando la mirada cómplice
es una queja del sonido.

Mañana estaré cerca de tu ombligo,
sintiendo una guerra atómica
que siempre critico.

Lo sé.
Lo reconozco.
Me queda poco en eso.
Casi tan poco, que ya me despido.
Lo más preferible de todo,
es que no me quiero quedar,
ni quiero.

El hambre de siete años,
cabalga encima de mis orgullos
que cansinos, se mezclan
entre lo que sueño...
mas también entre lo que lucho.

Ya no habrá penas de negro sobre blanco.
Ni ostracismos de la palabra con lo vivido.

Encontraremos tú y yo,
un vacío que merecemos,
una hartura del verbo quiero:
un olvido entre nuestros cabellos.

Yo te pegaré a ti.
Tú me pegarás a mi.
Caeré K.O. como un niño castigado,
no te tendré por eso manía
no hallaré en ti, odioso reencuentro
con lo pactado entre lo nuestro.

Recordaré siempre que empecé
en esto, solo; más solo que ahora.
Tan solo como te has sentido
en aquellos años al borde de una muerte
que elegía por ti la comida que masticabas.

Lo sabes.
Nadie te impulsa.
Solo un avance de patada
en un reloj que al buscarte pelea
y siempre gana.

Y te recuerdo ahora en esta hora
en este sitio desgraciado...
que otros ya te lo dijeron.
Pero no es la batalla,
es la sangre
la que va haciendo daño
desde fuera adentro.


Las puntillas ruidosas de una soledad, en medio de un viaje

Voy sembrando consciencias
que no uso en mi nombre
para mi propia confusión
deshabitada de epítetos.

He arrancado muy despacio,
a hurtadillas, todo lo que dejé
colgado en un momento preciso.

La cordura de lo que me identifica
no es más que una ansiedad esquizo
de locura.