Bajé hasta el final de la calle
seguí la luz amarilla de los neones.
Todo seguía igual.
Los adoquines avejentados
por las rodaduras de los coches.
Las persianas de los negocios
grises y oxidadas.
Todo estaba igual
menos mi ilusión,
que decrecía mirando esperanzas
de una vida confusa,
por el caos de sus propias decisiones.