Una insistencia que no intenta.

Cavo profundo con la vida misma
en tierra muy mojada. Casi cieno.

El trabajo es mancha entre mis manos
que ya no son blancas.

La vejez va definiendo
esa aspereza de mi personalidad.
Sí, cada vez soy más ermitaño
cada vez crece más ese gruñón
mío.

Ahora voy poco a poco
hacia un agujero negro,
me costará los mismos años
de vida llenar de luz la tierra
baldía.

La eternidad, es una aliada
cuando sabemos
que vivir es lo eviterno
del principio de nuestro
primer llanto.

Vamos desperdiciando
papeles, y disfrutando lamentos.

Kagami no ma

Bajo el pilar donde fijas la mirada,
hay un pequeño diente de león
que inicia tímido, con el viento,
su vuelo diminuto y escaso de otoño.

El albur lo lleva al soplo
de un púber,
que bajo el silencio
trovará el sueño,
urdido bajo el breve
temblor de su pecho.

Su viaje exiguo,
silencioso,
y conciso;
es como la vida
de la mosca,
como la intención
de la libélula.

Nunca algo tan simple,
tan delicado,
llevó en su carga
un sable tan certero.

En medio de pasos que no cuento van ocurriendo los cataclismos pactados.

Disgregado.
No encuentro la manera,
ni el tiempo,
ni el ritmo.

Me agrego
sin sustancia
y me contamino.

No hay nada
cerca de mi
que pueda
hacer lo más mínimo
cuando me hago
el vencido
mintiéndome
sobre las cosas
que construyo
en mi mismo.

Limitando el tiempo de una causa sin raíz viva.

Acabo con todo lo que me desea.
Lo que me ama, me pone en un centro
malogrado de espiga sin empaque.

Podría ser cualquier argumento
que no tiene nada que ver conmigo;
mas se me llenan las manos
de perdiciones en las que muero
y me miro como en un reflejo que no tengo.

Es una cuestión inimaginable
desconocer el beso que nos damos
cuando la mirada cómplice
es una queja del sonido.

Mañana estaré cerca de tu ombligo,
sintiendo una guerra atómica
que siempre critico.

Lo sé.
Lo reconozco.
Me queda poco en eso.
Casi tan poco, que ya me despido.
Lo más preferible de todo,
es que no me quiero quedar,
ni quiero.

El hambre de siete años,
cabalga encima de mis orgullos
que cansinos, se mezclan
entre lo que sueño...
mas también entre lo que lucho.

Ya no habrá penas de negro sobre blanco.
Ni ostracismos de la palabra con lo vivido.

Encontraremos tú y yo,
un vacío que merecemos,
una hartura del verbo quiero:
un olvido entre nuestros cabellos.

Yo te pegaré a ti.
Tú me pegarás a mi.
Caeré K.O. como un niño castigado,
no te tendré por eso manía
no hallaré en ti, odioso reencuentro
con lo pactado entre lo nuestro.

Recordaré siempre que empecé
en esto, solo; más solo que ahora.
Tan solo como te has sentido
en aquellos años al borde de una muerte
que elegía por ti la comida que masticabas.

Lo sabes.
Nadie te impulsa.
Solo un avance de patada
en un reloj que al buscarte pelea
y siempre gana.

Y te recuerdo ahora en esta hora
en este sitio desgraciado...
que otros ya te lo dijeron.
Pero no es la batalla,
es la sangre
la que va haciendo daño
desde fuera adentro.


Las puntillas ruidosas de una soledad, en medio de un viaje

Voy sembrando consciencias
que no uso en mi nombre
para mi propia confusión
deshabitada de epítetos.

He arrancado muy despacio,
a hurtadillas, todo lo que dejé
colgado en un momento preciso.

La cordura de lo que me identifica
no es más que una ansiedad esquizo
de locura.

El ala rota del mirlo.

También me hago viejo
como ese dios
que para bailar bajo Yōgō
quebranta sus huesos.
Estupida creencia
esa de que una deidad
no necesita la tierra.

Leve encuentro con mi espejo roto.

He vivido aquí,
épocas de sayo sin rezo.

Emociones por entrar
a esta pared negra.

Deseo absoluto 
por encontrarme 
con personajes vivos.

Ahora me gusto 
en otras lindes,
dentro de la viudedad
que genera la cambiante
ambigüedad 
de lo inimaginable.

No tengo el cambio
para desearme,
avanzo como un montón
de sal enrojecido.

Sentinas buscadas por ojos fútiles.

Mi boca desea
a espuertas
todas esas palabras
bellas.

Pero escribo con insolencia
la parte oscura de la existencia.

Me he convertido en mala compañía
desde que escribo poesía.

Yo que fui un niño bueno,
agradable, estudioso.

Ven en mi esa parte buena
del maldito amigo,
pero nadie verá jamás
el hambre que provoca
estar apartado del mundo persona.

Afortunadamente, nos vemos todos
en los bares.

Lenguas quemadas con maderas de aluminio.

Corro y sudo sueños.
Me caigo en suelos de amargura,
y entre otras cosas...
me despeño.

Revertida mi llamada
y muy mudo el mensaje
se me agolpa en la cabeza
pequeño fracaso,
a cada instante.

Vendrá, quizá, la montaña
sin piernas,
a aquel que no camina
ni para atrás.

Ahora vendo palos,
que sean otros
los que le den sentidos,
oraciones,
o usos varios de fregasuelos.

Respirando como un salido, aromas que no me pertenecen.

Identifico conmigo
aquello que no poseo.

Es un acto inmoral
de deseo.
Una atracción pornográfica.

Así voy en la constancia
de lo heurístico...
descubriendo sin aprendizaje
mas con interés,
lo que no conozco.

Sintiendo cerca,
la incapacidad
de la rotura
que se ceba
en los atardeceres
naranjas y violentos
de mi elaborado
plan de huida:
soy un suicida
que al atardecer
que se recuesta sobre
una alfombra roída,
dejando que la curiosidad
mate las ganas de muerte.

Siervos de una memoria que jamás rinden homenaje a los que guardan.

Mil dos semillas,
en medio de un parque
el día las ahoga.

++++++

El cuervo desnudo,
abre sus alas a un viento
cargado de muerte.

++++++

Mañana no habrá
nada de lo pedido,
puro egoísmo.

++++++

Cielo que a tientas
lloras, en la paz mortecina
del que pasa desapercibido
todos los días;
a ti aclamamos
en la cobardía
de lo ignoto.

Reestructurando la imaginación de un muñeco de trapo.

Acabo siempre
vendiendo todo
lo que me pertenece
de una manera
intima.

Me vacío por momentos
sin acudir al borde
de ninguna montaña.

No me hace falta
ir, como otros,
hacia el dolor
bonito de las cosas
para vestir el mío
de niño y que agarre
de la mano a los que leen
para encontrar la identificación
con los mismos.

No me hace falta nada bonito
para destrozar,
no necesito montar
un puesto de venta
en la calle, para saber
que lo que no digo,
lo que me callo,
es como un voo-doo
al que cada aguja
le cura un dolor
para empezar otro.

No me hace falta nada
para seguir con esto:
que vacía una jarra,
para llenar un vaso roto.

En mis horas todos los relojes se retrasan en unos cuantos granos de arena.

Tengo todos los giros
en el mismo lado.

Escarbo en mis dientes
para re-cenar esos silencios
o esas palabras que he de tragar,
como orgullo, altivez, mal-genio.

Ahora escucho y no oigo.

Mi soledad son largos paseos
mal diciendo a todo el mundo.

Amaso esta ridícula estampa
y me comparo con los santos.

Aún guardo en mis manos,
todas tus noches de desvelo.

Las dejo escapar como plumas
ensangrentadas, al vuelo,
para que este universo,
sienta la suciedad de la belleza
que guardas en el cosido
de tu humor negro...
brocado insaciable en la espalda.
Mordiscos inmemoriales
con sabor a acetileno.

Inmersiones sobre espacios densos.

Tiembla quieto
el árbol en la noche.

Aviva fuerte la hierba
el fuego ligero.

Recibe con alegoría
la lluvia, el charco solitario.

¿Quién no arde
al sentir esto
mientras lees
a solas una etiqueta
de  cemento?

Mis venas van cargadas
de fuego.
Cabalgo a solas
lleno de silencio.