Carrusel de caballos muertos.

He vaciado todos los bares
con inusitada violencia,
cuando mi único poema
era pelear conmigo mismo
viéndome enfrente,
sin imaginar que no era yo
el de ahí.

Bebía más mi propia vida
antes que el propio
liquido del vaso,
que pedía,
a traga perro.

Una brutal ansiedad,
desmedida sombra
desatendida
que disparaba mi soledad
sobre un suelo de adoquines grises.

Rezo hoy a mi mismo.
Parte descarada de todo
lo que ensalzo a oscuras,
me da toques en el hombro
y me tutea.

Recuerdo ir en el coche
de mi padre escuchando
una radio que no cuajaba
en mi cabeza.

Aún llevo esas voces
de estallido tocándome
los tímpanos como si fuéramos amigos.

Hoy por hoy,
las cosas han cambiado.
Ya no me elaboro en la angustia,
ahora me alzo, para no ahogarme,
con la acidez de mis verbos.