Plata sobre un pecho débil, la diana no entiende de dardos.

Mido el tiempo desde que inicié
el bajo infierno que me he fabricado,
obtengo una masa de pan
rellena de fuego.

Luz de luna, flexo de todo esto.

¡Oh! miseria pasada,
fruta melancólica del presente;
te muerdo en ocasiones por las noches,
a solas, y adoro ese amargor
de sangre podrida por la exposición
de la despedida con un adiós fabricado
en frío.

Tengo pendiente para las orejas
de todos vuestros sueños,
malditos mortales que tenéis
el poder de callar la furia,
una bala,
para romper vuestro espejismo.

Mañana vendré con un canasto
de tallos,
las flores las habré devorado
para hablarle a los míos
que no sois vosotros.

El fuego es la riqueza del que no tiene nada.