La magia, que vive en las penumbras de la madurez, es la tortura de avanzar a la muerte.

Ser invisible
y no ver mi reflejo,
al pasar por los escaparates
de la ciudad, donde vivo.

Viajar a saborear
la adolescencia,
y aquellos besos.

Tomarme las cervezas,
mientras cerraba los ojos.

Después de aquello,
todo es muerte continua;
vivimos,
vivís,
viven;
en un suicidio colectivo,
vamos poco a poco
matando el gusanillo,
asesinando nuestros vicios,
esos que nos van dando:
una vida sosegada.