Si quiero música, pego mi oído a su pecho.

Tengo mucho ruido,
me gusta disfrutarlo a solas.

Bebo con el, en bares ceporros.

Camino con el por calles estúpidas.

Es mi ruido, todo lo distorsiona,
me lleva al fondo, donde no sé quien soy,
y a penas reconozco las paredes,
contra las que me castigo.

Tiene varias formas y en ocasiones,
la muerte es un filete que devoro
cenando.

Me retuerce las caras y las lecturas,
me entorpece la lengua,
me convierte en un detestable silencio.

Voy haciendo ruido, y nadie me manda callar,
ruido interno, ruido infierno,
sintonizo con la muerte
y escucho la música de lo extraño,
en la onda corta de la edad que avanza.

Todo lo entiendo distinto,
incluso el vino tinto, deja de ser santo,
para convertirse en necio.