Yo nací un día como este, nadie te avisa que la olla está a punto de explotar.

Todo esto es una mierda.

Salir a esperar el autobús,
tomar café de recuelo
en un bar de polígono industrial,
entrevistas de trabajo,
por las cuales te hacen pagar
hasta por el papel que usas.

Miro por la ventana
de la cafetería, llueve.
La camarera es una chica
bajita y gorda,
sonríe, al tiempo que yo,
escribo esto en una servilleta.

El escritor es uno cualquiera
que escribe.
Hay un millón de escritores
por cada cien mil habitantes,
todos los poetas con los que hablo,
todos los novelistas conferenciantes,
acaban poniéndome café,
o cerveza.

Los sesos fritos,
de intentar exprimirte,
para ser algo que deseas,
negro sobre blanco,
arial o times new roman,
ese es el callejón sin salida.

Al menos el que pinta,
usa más colores,
o el compositor,
finaliza la obra con música.
Todo esto más completo,
también más complicado.

Salgo de la cafetería,
llueve;
chof, chof,chof.

El ruido de mis zapatos en el suelo mojado,
similar al clap, clap, clap,
del portátil donde escribo.

Teclas negras, letras blancas,
pantalla brillante: Así es mi único cielo.

Llego a casa, los pies mojados,
la cabeza distante, melancólica,
se oye un reloj por toda la casa.

No hay marcha atrás, tengo que elegir:

Ser un millón entre cien-mil o no ser escritor,
sino uno que entienda esto como una lucha
angustiosa, para asustar al contrincante,
esos que te entrevistan con corbata,
y te cobran por los clips.
Clips,
chof,
clap.

Vuelvo a casa;
la guerra es ya.