Cuento heredado, de la inercia desagradable.

En esta tarde,
que es una estancia inaudita,
remuevo a Epicuro,
en la taza de mi café,
no me reflejo, ni encuentro
idea.

Siempre me abandoné
a la inconsciencia.

Escucho a Camarón,
la soledad es una canasta
de cuero.

Ando loco tirando toda
el alma al borde de los pies,
es un opio telefónico.

La distancia no se mide en metros,
sino en silencios.

Existió un relato de alegría,
que contaban los padres,
pero los padres de hoy,
se inyectaron al héroe.

Estamos drogados
por el cuento: adivina el tuyo.

Los cuentos ya no valen,
morimos en una fábula
en la que el horror,
ha sesgado al miedo,
y nos dejan en medio
de hambrientos,
con la boca cosida.