Colores al amanecer, que se retuerce sin suerte.

Hablo con mis sueños
cuando duermo.

Dialogo sin lógica
y no los tengo,
pues ellos me razonan.

Me dicen:
Vamos chico,
aún puedes darme
formas infinitas y reales
como esto.

Siempre quise tener
sueño, dentro del sueño,
como el barroquismo
de la esperanza.

Hablo con mis sueños
y me dicen siempre
lo mismo,
y cuando despierto
es como si saliera
de una placenta
viscosa de vino tinto.

Cunnis lingus

Como siempre,
en el verano me gusta
coger un tomate de la nevera.

Hago una mezcla de sal y azúcar,
tomo un biberón de aceite.

Muerdo el tomate, 
que me chorrea por la comisura
y la mano.

No me limpio, me gusta mojarme,
de su jugo.

Entonces le echo de la mezcla
de sal y azúcar.

Lo hacía cuando era niño,
lo hacía cuando era joven,
cuando era adolescente,
cuando era veinteañero,
cuando era ejecutivo de 120.00 anuales,
cuando era ejecutivo en medio de la crisis, endeudado,
cuando era un amargado.

Es como centrarme en un universo colorado
de semillas;
en una pasión no nata.

Lo sigo haciendo ahora, 
lo seguiré haciendo siempre,
ahora que escribo inerte,
e inherente a un pasado ficticio.

Morder el tomate, dejar que chorree:

sal-azucararlo...

De niño lo hacía mirando la tele
junto a mi madre,
ahora pasan mendigos por las calles,
pidiendo hasta sonrisas.

Luces en una carta sin sello.

El viento es celo
de su nombre,
se rasca y sonríe,
suspira y maldice.

Me gusta oler,
a escondidas,
su ropa interior.

Es un secreto,
he dejado
una ventana abierta,
sin que lo sepas,

para saltar esta noche
como un lobo,
sobre tu vagina despierta.

Títulos en una noche conjugada.

echar de menos
al estar despierto,
morir cuando se respira.

Acabar es empezar a morir
mientras deshojo mi estomago
con soplete y tiros de sal.

Entregando cartas a destinatarios erróneos.

Como una esquina que burla
el viento, me desfogo con extraños
roces pasivos.

Es como exprimirme en deseos
inconclusos, presos de una emoción
de caramelo.

Hasta la esperanza me sabe amarga
por la lejanía de su complicidad.

Es el cuento de la zanahoria tonta,
que siempre engaña a dos burros.

Sin nada es todo, pero a veces
la suposición nos asesina nubes.

Partituras de la indiferencia.

Es el espacio que hay
entre un hombre 
y una mujer.

Definelo como quieras.

Pero la letra ya está escrita antes 
de que nada ocurra.

La melodía, saldrá entre el roce
de sus instrumentos.

De todo eso, 
vendrán legiones
de primaveras,
otoños,
equivocaciones
y ostracismos de repetición
inconclusa.

Incertidumbre, geranios y flores de mal matar.

No es el bosque de besos furtivos
ni los sauces.

Es que no llora la natura,
y maduras tanto, que te pudre
la frente para matarte y disfrazarte
de crisantemo.

Ahora eres fluido de propia angustia,
en breve, serás un autómata
bebido por un asesino de siete años.

Sin olvido, no recuerdo lo vivido.

Gotea.

Susurra.

Es el yo que no soy.
El tú que no eres.
Es, el, él, que somos.
Mientras somos,
nosotros nos olvidamos.

Nos perdernos en la forma del verbo.

Parece que ellos nos aman
pero en el fondo, os engañáis.

Es la una de la madrugada;
y mi corazón ha madurado tanto
que se ha caído de la rama de mis sueños.

La podredumbre rescata la pesadilla,
para disfrazarla de razón.

No me importa que pises mis nubes,
esas que he tras sembrar ilusiones
han brotado en sueños.

No me importa,
porque  goteando,
mis susurros
han elegido ser tu narcosis,
para de esa manera,
crecer siendo lo que me gusta,
sin corregirme en mi, ningún error de los tuyos.

Creatividad marchita.

Ya no hay nada,
ni sauces, ni bambú.
Ni siquiera su lamento,
pues tampoco hay viento.