Saliendo de la jaula, evitaba los disparos.

Siempre tenía la sensación
de llevar un hilo imaginario
en mis manos,
hacía formas y acariciaba
el aire con ellos, el hilo
era mi cordón umbilical
con otro mundo.

Tampoco pisaba las rayas
de los adoquines del suelo,
suponía caer al abismo.

Me retrasaba del grupo,
miraba los arboles,
jugaba a que me seguían,
me deslizaba entre la gente.

En mi barrio, siempre me tocaba
la piedra en la mano contraria.

Me gustaba estar debajo de la cama,
había creado una tribu ficticia y yo era
el jefe.

Tenía un perro imaginario,
que lo soltaba por las calles
y lo buscaba;
me buscaba y me perseguía
silvando y llorando
a algo que solo existía
en mi imaginación,
era solitario y risueño,
tenía la ilusión,
del tamaño de un perro,
aún la busco a veces,
sólo, cuando se escapa
de mi cabeza el perro
de mi inconsciencia.