Escapadas infantiles.

Es como un damero
por el que se entresijan
las miradas.

Parece que pasa el dolor
a blanco, pero siempre,
siempre, queda en negro,
esperando a devorar
la esperanza.

Inimaginable, que juegue
a cuadrar letras en un puzzle
bicolor, de base poliédrica.

Retuerzo mi juego, imagino
sombras chinescas,
mientras
los cuerpos se entrelazan,
por el dolor de la despedida
que aún no llega, pero es sabida.

Me calmo.
Me ataco.
Me calmo,
me saco de la cabeza
algún nudo,
para dejarlo caer al corazón,
dónde el agujero lo lleva
al mismísimo estomago.

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