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Existe algo en el cerezo,
algo también en el almendro,
y si me investigo mucho,
o tan sólo un poco más,
también lo hay en la hierba,
y en los lirios y en los crisantemos
en los bambúes y en su tallo,
en la hiedra y en la piedra,
imagino que también en las venas
que no veo, ni en las montañas que subo
para dejarme bajar tras respirar
en su cima, el clímax y el éxodo de su aire,
de su vientre de madre naturaleza olvidada.

Mi cabeza como una isora cortada
también siente a veces aunque esté
en este cuerpo seco.

Hay algo en todo lo de antes, que me recuerda
a su aliento, a su piel, a sus manos, a sus besos.

Sí, me recuerda a todo eso.