Desayunando después de un viaje en autobús.

Llegué a la parada del autobús para ir a su casa.
Cogí el autobús para ir a su casa.
Pagué el billete, 1,35 euros.
Me senté junto a una mujer mayor,
me miró, la miré.

El chófer chupaba regaliz y miraba
como el sheriff del pueblo.

Arrancó y empecé a mirar por la ventanilla,
coches, gente, y  luces.

Había sido un solitario y bien posicionado
ejecutivo de ventas, había ganado tanto dinero
que me daba vergüenza haberlo gastado
en tan poco tiempo.

Pronto llegó a la carretera que llevaba
a su pueblo.

La carretera rodeada de huerta,
se insinuaba ante mis ojos,
celosa de sus besos.

Mi corazón lleno de polvo,
había encontrado una escoba.

Llegué hasta la plaza,
y subí andando y cojeando
hasta su casa.

Sin vergüenza, sin miedo, sin suciedad
en la mirada,
honesto, consciente, entero y seguro.

Me gusta subir su calle, llegar hasta a su casa...
Me gusta abrir la cancela, me gusta llamar a su puerta,
me gusta golpearla con los nudillos porque el timbre
está roto y también me gusta,
me gusta porque no hay cobertura,
me gusta su casa sin ruido,
me gusta que me abra con ropa de estar por casa,
me gusta que me pregunte, si quiero cerveza.

Buscamos su colirio, encontramos
que el pasado era pasado y todo es aceptado,
compartiendo besos y vino.

Hice la cena, leyó mi poema, nos abrazamos
en medio de las hamburguesas, nos amamos
mejor que siempre, porque nunca el pasado
está tan lleno, como cuando nosotros
desayunamos juntos y después nos despedimos.