Niño de treinta y tantos

Miro hacia atrás de vez en cuando
y me veo con siete años y un balón
bajo mi brazo, la cara sucia y las manos
y las rodillas raspadas.

Miro y me sorprendo persiguiéndome,
como haciendo guardia, escoltándome
para no huir hacia donde las estatuas
se desmoronan.

Es mi guardaespaldas la niñez,
que sigue jugando a la pelota
marcando goles a esta madurez
que no me llega.