Río abajo.

Narra en mi espalda,
su cascada, el mejor
de los gritos que en ocasiones
como a un jinete: empapa.

Se deshace cuando me siente,
es tormenta y aullidos.

Hace de ella
lo que la muerte
desea,
pero vive entre mis piernas,
su incesante e incandescente
vela.

No tiene fronteras,
eterna en su universo,
no encuentra barreras.

Ella grita, grita,
yo: recojo su cosecha.