Lluvia, lagrimas, mar, aguas saladas nuestras.

Jamás tanto daño
produjo la soledad
del charco.

Con calzado de agua
me mojaba la cara,
saltando fuerte en el barro.

Ya de renacuajo, me gustaba
el lodo, para regocijar
lo vivido como si fuera algo
más que agua.

Miraba las hormigas en el parque,
observaba la hierba verde y amarilla,
masticaba chicle que encontraba
pegado en el suelo, corría con la cabeza
alta, hacia atrás de la espalda, siempre
hacia delante sin mirar la meta,
no me interesaba llegar antes,
ni primero, solo correr.

Patinaba y me caía,
jugaba y perdía
llegaba tarde y sonreía.

Me gusta lloverme con esto,
recuerdos que embarrados
llevo aún en los bolsillos,
para con ellos;
fabricar corazones de barro
y regalarlos.