Antipático y desmedido

Pienso que es por las almohadas,
o por los trenes,
aunque a lo mejor sea por los peines,
o los cepillos de dientes, 
o los arboles mustios, 
o el colutorio dejado en el suelo en escala de color,
o la espera en un cuartucho semi lleno de vacío.

De vez en cuando la mentira se viste hasta la cintura de verdad,
pero me gusta buscar en lo que sea, lo que desea;
por eso digo que:
Es culpa de un frigorífico que no camina,
o de un horno que tose y esputa pollo asado.
Incluso hasta todo lo que se me olvida, 
es parte del juego, ese que me desespera
en segundos que fuera de tiempo forman parte
del despiste al que someten.

¿Y si por un causal lo mío no fuera más que un uso
de lo que en base, es la mentira que fabrica mi deseo?

En parte toda la razón está al final de este experimento,
ya no poema, porque no es lo que en métrica entra,
es lo que en métrica exacta miden y calculan.

No cuenta el deseo, ni el alma, solo la forma 
en decir las cosas como otros, pero no las que un poeta
dice ahora como algo suyo. Siempre comparan,
nunca gustan de lo nuevo.

Odiosas las que no gustan.

Pero es culpa de los cerrojos de las puertas
y de los manteles sucios que aguantan copas manchadas
de vino y babas... eso... babas... como este poema.

Pero vuelvo sobre lo que no hablo. Y reitero,

es culpa de las ruedas de los coches y de los contratos,
y de los bolígrafos con tinta verde,
y de las grapadoras, pero no de los clips.

La culpa es de la o y no de la y ¿o no?
pero el fondo es el mismo, aunque la forma 
siempre cambia y no hayan vientos, ni maneras tantas 
de definirla.

Es por esto, tan solo que atraco mientras repiquetea
mi sueño en el fondo del cajón donde guardo la navaja,
que opino de manera no cuerda y antipática:
Qué todos estamos locos.