Tomando un gin tonic y mirándola a escondidas

Amo su muerte,
desde sus ojos a los míos
es tan mía, que ya no me tiene.

Necesito su muerte.
Deseo que me agarre de la mano
y me lleve de paseo por los senderos
de su vida ausente,
esa vida que nadie ha buscado,
esos senderos desconocidos
que nadie quiere.

Acuno tu muerte en mi pecho
para sentirme vivo.

Vivo con tu muerte,
trago cristales,
saboreo...

Y susurro al aire
contaminado de humo:

Dame tu muerte...
y si no me la das
te la robo cuando duermas
para que no mueras en vida,
sino en los senderos que tu muerte
elija.

Deseo que sea eterna,
que su muerte no la mate,
que su muerte me hierva,
entre sexos cómo larvas
que palpitan bajo su luz
de inconsciencia.

Y le recuerdo:

Muero mientras paseo
de la mano contigo,
imaginado cómo te ríes
ante tu muerte, cuando me mira,
muriendo a cada paso
con latidos entre ramas,
que arañan el otoño
que nadie observó:
mientras yo te miraba.