Negación y pasión

Todo me dice no.
No hay más respuesta a todo que: no.
No hay nada, no eres nada.

El ventilador me dice no,
la ropa me dice no,
las ventanas me dicen no,
la botella me dice no,
todo me dice no, pero no quiero
escuchar no, en su no, tan solo
ser no, por mi mismo,
no por el no, sino por mi no,
y no más y nada más.

La música me dice que no,
el sofá en su abrazo vago, me dice no.

No quiero el no, y no deseo no saber
nada del no, pero todo es no.

No me digas eso,
no me llames aquello,
no fui yo,
no,
no,
no,
en el epicentro de la decisión
a mi mismo siempre... me digo: no.

No es que no quiera,
no es que no pueda,
es que, no es no, y no quiero
discutir más, por no llorar más.

No me toques.
No me abraces.
No me quieras.
No me escribas.
No me odies.

No pasa nada
no hay problema que dure cien años.

No hay mal que te mate,
si no es la muerte,
pero no olvides,
no olvides,
nunca olvides
que no quise
olvidarte...

Pero no hay nada
que lleve más allá de esta
decisión que en medio
de su epicentro
se niega en su mal...
se dice a si misma: no,
para no olvidar que todo
está lleno de noche,
que aunque huyamos de ella,
también empieza por negarse.
No, che...
No...
no te dejes al no,
que no merece la pena
negarse tanto no.