Visitando la casa de mi amigo Po.

Atravesé a solas el oscuro y frondoso
bosque de cedros que lleva hasta la casa de Po.
A pocos metros, pasando la hierba fresca,
en el río que baja desde lo alto del monte Xian,
metí mis pies para refrescarlos.
La luz bañaba el bosque,
los cedros a lo lejos, dibujaban sombras y luces,
caían briznas en el río, y bajaban por su cauce
flores derramadas por la naturaleza del tiempo.

Bajaban acariciando el río.
Desde lejos eran diminutas,
al pasar por mi lado crecían,
río abajo, viajando, en el agua, 
se empequeñecían hasta desaparecer
en un meandro que giraba para su destino,
dibujando la muerte de color blanco.

Saqué los pies del río.
Refrescados y aliviados.
Me calcé mis sandalias de esparto
y caminé hasta la casa de mi amigo Po.
Llamé a su puerta y Li, sabio y conciso
consultó:

-¿Qué te ha enseñado el camino?
-Qué somos flores en el cauce del río.
y la luz nos baña creando sombras y claros- contesté.

Me invitó a té.
Me convertí en té.

Bebimos vino:
él del sabio,
yo del santo.

Amigo Li Po,
no han cambiado mucho las cosas 
desde entonces, solo han pasado algunos siglos.
y mucha frialdad hacia la sabiduría.