Germanofilia pre-adolescente

Otra vez
dentro de esto,
dando a las teclas,
esta vez es tarde
quiero dormir,
aunque
no me llegue
el sueño.

El reloj
del portátil
me recuerda
lo inexorable,
lo inevitable.

Recuerdo
cuando
escribí
por primera
vez.

Fue
con una vieja
alemana
color granate
que mi padre
guardaba
tras la cortina
de su habitación.

Cogerla a escondidas
cuando tan solo
era un niño de poco
más de diez años,
era como
balancearme
en un columpio.

Era una inyección
de adrenalina
en el hígado,
el corazón
me coceaba
en el pecho
como
una mula.

La sacaba de su maletín
burdeos,
la ponía en el suelo,
yo me escondía
entre las cortinas,
el sol me daba
en la cara...
la tela
me acariciaba
la nuca
y la espalda.
Entonces le daba,

clak, clak

tecleaba
y emitía
su sonido
como disparos
en la noche,
así eran mis
poemas:
como disparos
en la noche
que intentaban
herir
o hacer diana
en algún
recóndito lugar.

Aquella
vieja alemana
fue mi primer
amor,
me desvirgó
la sobaba,
la tocaba,
caían
mis emociones
por entre las teclas,
los bastones de hierro
y al final la letra

clak clak

Era un niño
gerontofiílico,
adoraba
a mi vieja
alemana,
y ella y yo
eramos amantes a escondidas

Luego vino
una eléctrica,
también le daba
siempre hasta cansarme.

Ella me aguantaba
mejor,
y yo no me escondía
para escribir detrás
de la cortina,
lo hacía sentado
en una silla
de madera
que se me clavaba
en todas partes.

Y eso es todo
lo que hay
maquinas
y ahora ordenadores,
que entran y salen
de mi vida
como mujeres
y amigos
en un bar,
mientras sigo
aquí encerrado
intentado
componer
una melodía,
nocturno
como Chopin
que llegué
al algún
sitio
como aquellos
versos
que en medio
de la noche
deseaban matar a alguien,
solo qué esta vez
se columpian
balanceando
la soledad
en mitad
del reloj
de este portátil,
que me dice
que ya es hora,
que no hay más
que lo que hay.

Duerme Cooper.
puede que sueñes
y mientras:

Clak, clak.