Recuerdo de una noche.

Ella se quedó
tumbada,
hierática,
y temblorosa.

Me levanté,
fui al baño,
me senté,
pensé durante
un rato...

Me miré al espejo,
me pasé un dedo
con pasta de dientes,
pasé la lengua por todas
las encías
su sabor aún lo llevaba
en el paladar.

tomé un poco
de agua...
enjuagué la pasta
de dientes
y la escupí...

Fui
a la habitación
me vestí,
había sido
una noche desenfrenada,
nuestras almas
en medio del sexo
se habían
convertido
en zombies
descarnados
de nuestra
indolente
pasión.

Acabé de vestirme,
la tapé,
salí de la habitación,
anduve el pasillo
largo y estrecho
como un cañón
de rifle,
me sentía como
una bala,
sabía que si salía
no volvería...
saldría disparado.

Entonces sentí
una necesidad;
deseaba llevarme
un recuerdo...

fui de nuevo
por el pasillo
como una bala renegada
a vivir deseosa de pasión.

Entré despacio
en la habitación de nuevo,
me sentía
como un pajarraco
de mal agüero,
ella tumbada
y yo
pendiente de llevarme
su recuerdo...
retiré
las sabanas,
le abrí
las piernas
con cuidado,
chupé mi dedo,
se lo metí
en la vagina...

Vagina
como
una ostra nacarada
tersa y húmeda...
palpitando, extasiada
...
me miraba
y como en un cuento
se abrió sola
mientras el ama
dormía...

Introduje mi dedo
ensalivado...
lo moví,
rasqué su rugosa
pared
de grandilocuencia,
lo saqué...
volví a taparla,

su vagina
se contrajo
y me dijo hasta siempre,
mientras lloraba
susurrando
mi nombré
en forma de vida propia...

emergí de la habitación
al pasillo,
y salí disparado
para matar esa noche,
en brazos de la baba
de la ostra,
otra ración de nácar,
que diseñaría  un collar,
que abrazara mi lengua.