Solo en el bar...

Durante siglos, he observado
El arroyo del brazo de acero.
Pero nunca me fije en el
atardecer.
Desde el hirsuto taburete
mi alma lisonjera, no advierte
las pestañas anonimas.
y los ojos del mundo
ya no vuelan hasta mi alma.
Si contemplo el arroyo
no me convierto en sabio,
pierdo la hermosura del atardecer
y las piedras blancas del arroyo
son lágrimas,
cuando la corriente las arrastra
hasta los meandros.
Si observo la belleza,
me pierdo la hermosura.
Solo la sabiduría del camarero,
podría descifrar esta
duda advenediza,
en la que se abate
la fiereza de mi ser
mientras torno
mi cara en rojo